viernes, 21 de junio de 2013

Cuando no me hace falta la violencia

  Violencia desmesurada provocada por decenas de jóvenes contra otros jóvenes, contra el mobiliario urbano, contra sus propios profesores y padres, o contra sí mismos a través de conductas autodestructivas como pueda ser el consumo abusivo de drogas. Violencia en el ámbito escolar: bien entre alumnos (el 2,5% de nuestros escolares, entre los 12 y los 16 años, esta siendo acosado por algún compañero, según el Centro Reina Sofía),bien de estos hacia sus profesores. Violencia en el trabajo: amenazas, humillaciones, en definitiva, acoso laboral que, sufre el 8% de los trabajadores de la Unión Europea.
 Violencia de género de las que todas las semanas enterramos al menos a una víctima. Violencia en el asfalto, que nos conduce también a los cementerios. Bestialidades infringidas a menores, alguna de ellas todavía demasiado reciente y con algunos ribetes, que todavía la hacían más deleznable. Violencia en Internet, en el que a tan solo un clic de ratón, uno puede adquirir intimidación a la carta. Violencia con la que se tratan entre sí los políticos que nos gobiernan. En definitiva: violencia en las calles y violencia en las instituciones, fauna y flora de los noticieros diarios.
 
  Una de las expresiones de violencia que más preocupa es, la que tiene lugar en las aulas, ya que es la fuente más directa de malestar de cientos de profesores, que todos los días se tienen que enfrentar a una clase, en la que cuatro o cinco menores imposibilitan el correcto desarrollo de la misma, exigiéndole al docente a que dedique más tiempo en velar por el orden y por mantener una disciplina, que a impartir las materias del currículo académico. Aún con todo, demasiado a menudo, las escuelas aparecen cada vez más en las páginas dedicadas a sucesos, que en las secciones de cultura.
 
  Hoy en día, parece que la violencia se ha convertido en el modo a través del cual uno dirime sus diferencias con sus congéneres, sea cual sea este el ámbito en el que se solventen.
 
   Parece innegable que cierto nivel de conflicto, es inherente a las relaciones en el ámbito educativo, en las relaciones personales, en las relaciones laborales, así como en la familia y por extensión en la sociedad, sea cual sea la célula que examinemos; lo que no parece tan innegable es, que la violencia haya de ser el modo de resolución de estas diferencias. Sin embargo a nadie pasa desapercibido de que es el preferido por algunos, y por el que, como sociedad, estamos pagando una factura demasiado alta.
 
  Desde distintos ámbitos se trabaja para lograr la disminución de la violencia: leyes y juzgados de género, leyes de riesgos que pretenden prevenir el mobbing, acciones en la escuela que buscan atajar el bullying, instalación de cámaras de video para pillar a los agresores y ponerlos ante la justicia, endurecimiento de las normas de conducción, de las penas por tráfico de drogas, y hasta propuestas de cadena perpetua para los agresores sexuales de menores. Sin embargo, a juzgar por los resultados, parece que este no es el camino mas recto.
 
  Mucho más encaminados parecen estar todos aquellos que dicen que tanta respuesta violenta es fruto de un “analfabetismo emocional” que parece ir en aumento, y que un coeficiente emocional elevado es tan importante en el desarrollo de una persona (o más), que un coeficiente intelectual elevado, y que, en contra de lo que se suele pensar, estas capacidades emocionales, se pueden y se deben enseñar. Y nunca es tarde.
 
  Porque la respuesta violenta siempre, e inequívocamente, nace del desconocimiento de uno mismo, del no querer responsabilizarse de lo que uno está viviendo, de no querer mirar para adentro y siempre culpar afuera, de no aceptarse a uno mismo al cien por cien, de una baja autoestima, de una ausencia total de empatía. Algo tan evidente, y que siempre ha sido el principal indicador de lo que siempre se ha denominado “madurez”, ahora conviene rescatarlo y recordarlo, ya que proliferan los que necesitan constantemente del reconocimiento y admiración ajena, los que requieren atención constante, los ególatras, los que hacen depender su bienestar de sentirse importantes, los que piensan que su pareja es una propiedad, por supuesto suya, los que, en definitiva, son incapaces de ponerse en el lugar del otro.
 
  Hace poco, el profesor Sanmartín, director del Centro Reina Sofía era preguntado por este auge de la violencia en las respuestas que daban los jóvenes, y respondía: “si no se ponen límites en el ámbito familiar se crean tiranos, egoístas y seres sin escrúpulos capaces de cometer atrocidades”.
 
  Para todos los que estamos más creciditos, siempre nos queda la reeducación, para desarrollar nuestra Inteligencia Emocional, entrenando mucho nuevas habilidades y capacidades, para enfrentar los problemas normales de nuestras vidas sin necesitar hacer uso de la violencia.
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